Lavalle: Promueven el cultivo almendra y pistacho pero el costo de implantar y producir se presenta como una limitante para pequeños productores locales.

Según datos del IDR, la rentabilidad es buena pero el costo de arranque ronda entre los 20.000 y 30.000 dólares por hectárea.
Regionales 04/07/2026 Por Pablo Chirino
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Imagen Ilustrativa

El verde intenso que solía caracterizar a las fincas de Costa de Araujo, Jocolí y Tres de Mayo se está apagando. Lavalle, el departamento que históricamente ostentó el orgullo de abastecer las primeras frutas frescas de la temporada a los grandes mercados del país, asiste al desmantelamiento definitivo de su matriz productiva tradicional. Las estadísticas del Registro Permanente del Uso de la Tierra (RUT) trazan una radiografía del colapso: la provincia de Mendoza perdió la mitad de su superficie frutal y un alarmante 55% de sus productores agrícolas. En el territorio lavallino, este fenómeno se traduce en una postal repetida: montes de duraznos y damascos completamente secos, troncos arrancados y fincas familiares atrapadas en el abandono.

Esta crisis estructural está empujada por una combinación asfixiante de geografía y economía. Al ubicarse en el tramo final de la cuenca del Río Mendoza, Lavalle sufre con mayor crudeza la histórica escasez hídrica, recibiendo turnos de riego cada vez más espaciados e insuficientes para mantener árboles vivos durante todo el año. Además, sin espaldas financieras para mitigar el impacto de las heladas primaverales o el granizo mediante mallas protectoras, el minifundista quedó totalmente desprotegido. 

Según los informes de costos del Instituto de Desarrollo Rural (IDR), sostener una hectárea frutal demanda hoy cerca de USD 6.000 anuales en insumos dolarizados, pero el mercado interno devuelve ingresos pesificados que promedian los USD 4.000, un desfasaje lapidario que sepultó la rentabilidad de las parcelas de menos de diez hectáreas.

Como estrategia de supervivencia inmediata, la tierra lavallina mutó hacia la horticultura de ciclo corto. Cultivos anuales como el ajo —que demanda inversiones altas pero ofrece retornos en la misma temporada— y las casi 600 hectáreas del emblemático melón local se convirtieron en el último refugio del agricultor. La lógica detrás de este cambio es puramente defensiva: si una tormenta o una helada destruyen la cosecha, la pérdida económica se limita a los meses de trabajo de ese año, evitando arrastrar la muerte de un capital a largo plazo como lo es un árbol frutal. A pesar de esto, la horticultura obliga a los productores a lidiar con la volatilidad extrema de los precios diarios de las pizarras de abasto y con una cadena de intermediarios que licúa los márgenes de ganancia en la chacra.

Frente a este callejón sin salida, las proyecciones técnicas e incentivos del Ministerio de Producción de la provincia señalan una ambiciosa luz de esperanza: la reconversión total hacia los frutos secos, impulsando al almendro y al pistacho como los nuevos estandartes del secano. La principal ventaja de estas especies radica en su notable resistencia al calor extremo, la tolerancia a suelos salinos y, fundamentalmente, en su naturaleza no perecedera. A diferencia del durazno, que debe venderse en cuestión de días para evitar su pudrición, las almendras y los pistachos pueden almacenarse en galpones durante meses, permitiendo al productor retener el stock y negociar el precio en momentos cambiarios más favorables o apuntar directamente a los mercados internacionales de exportación.

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 Edgardo González en la jornada de capacitación impulsada por la cámara productores del norte.

El financiamiento y el tiempo como limitante de una salida rápida

El acceso a este nuevo horizonte plantea barreras de entrada que resultan prohibitivas para el agricultor tradicional del departamento. Evaluaciones de inversión del IDR indican que implantar una hectárea de almendros tecnificados exige un capital inicial que supera los USD 20.000 y requiere esperar cuatro años para ver la primera cosecha comercial, con el riesgo latente de su floración temprana frente a las heladas de la zona.

El pistacho catalogado como el "oro verde" por cotizar hasta USD 25 el kilo, demanda un desembolso acumulado de USD 30.000 por hectárea y tarda entre seis y ocho años en generar ingresos comerciales estables, una línea de tiempo imposible de resistir para un productor que vive de los ingresos mensuales de su trabajo.

El avance silencioso del desempleo. Esta transición tecnológica hacia los frutos secos también amenaza con reconfigurar de manera drástica el tejido social y laboral de los distritos lavallinos. Mientras que la fruticultura tradicional dinamizaba la economía local empleando de forma intensiva a cuadrillas de podadores, raleadores y cosecheros manuales, las nuevas plantaciones de almendros y pistachos nacen bajo modelos de escala corporativa diseñados para ser cosechados mecánicamente con vibradores de troncos, reduciendo al mínimo la demanda de mano de obra temporaria.

Con el gobierno local embarcado en la reconversión, deberá mirar de reojo cuál será el impacto sobre la generación o pérdida de empleo local. La supervivencia del entramado rural de Lavalle dependerá, por lo tanto, de la capacidad de los programas de fomento estatal para generar fideicomisos asociativos o cooperativas integradas que financien la transición de los pequeños productores, evitando que la modernización del campo se traduzca en un éxodo silencioso - que ya está ocurriendo -  hacia los cordones urbanos del Gran Mendoza.

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