La revolución de la mirada: ¿Por qué Julio Le Parc democratizó la belleza?

El artista mendocino dejó un gran legado artístico valorado en el mundo.
Sociedad30/05/2026 Click Redacción
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El fallecimiento de Julio Le Parc en París a los 97 años apaga la presencia física de una leyenda

La reciente partida física de Julio Le Parc en París no representa el fin de su obra, sino la consagración definitiva de su tesis estética más audaz: el arte pertenece a quien lo mira, no a quien lo posee. A lo largo de siete décadas de experimentación conceptual, el maestro mendocino no buscó la admiración pasiva del público ante un lienzo sagrado, sino dinamitar la solemnidad de las instituciones. Su genialidad radicó en transformar la materia inerte en un fenómeno óptico vivo, inestable y democrático.

Frente al rigor estático de la academia pictórica, Le Parc planteó una gramática visual basada en la luz, el reflejo y la contingencia material. Sus configuraciones formales operaban bajo nociones analíticas precisas:

El desplazamiento del autor: El artista no impone un significado cerrado; actúa como un diseñador de condiciones físicas ópticas. La luz como materia: Sus placas de acero, hilos de nailon y acrílicos no contenían color propio, sino que atrapaban los fotones ambientales para proyectar una realidad mutante. La desmitificación del objeto: Al incorporar motores, espejos curvos y distorsiones cinéticas, la obra dejó de ser un fetiche estático para convertirse en un acontecimiento puramente perceptual.

El verdadero triunfo estético de Le Parc no se mide por su histórico triunfo en la Bienal de Venecia de 1966 ni por el valor de cotización de sus icónicas esferas. Su legado es profundamente humanista y político. Al fundar el mítico Grupo de Investigación de Arte Visual (GRAV) en la Europa de los años 60, Le Parc apostó por una liberación del espectador común. En un mundo que nos educa para consumir imágenes de forma autómata, sus móviles interactivos exigen que el cuerpo se mueva, que el ojo compare y que la mente juegue. Al final del recorrido, Le Parc no nos deja una colección de objetos brillantes, sino un recordatorio imborrable de nuestra propia capacidad de asombro.

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